No es un curso. No hay manual ni ejercicios ni correcciones. Es otra cosa. Un gesto. Una rutina. Una imagen, unas palabras, cien, doscientas, trescientas, las que sean. No importa el número, importa el acto.
Me siento frente a la pantalla. La botella de agua, en la mesa. La luz, cambiando de ángulo. La grieta, esperando. No sé qué voy a escribir, si servirá, si alguien lo leerá… Escribo. Porque la rutina es la única certeza. Porque el microrrelato es la única tregua.
![]() |
| Imagen: Pinterest |
No es un curso, pero podría serlo. No para enseñar sino para acompañar. Cien palabras para Escribir Jugando. Doscientas para la Placita. Trescientas para Solab. No hay progresión lineal, no hay evaluación, no hay certificado. Solo el gesto de escribir. Cada día. Cada semana. Cada vez que la pérdida se vuelve habitable.
La soledad, cuando se escribe, no desaparece. Se transforma. Deja de ser un vacío para convertirse en una entrada, página, deriva, efímera… Un silencio para convertirse en palabra. Un dolor para convertirse en microrrelato.
Termino. Apago la pantalla. La botella sigue en la mesa. La grieta, abierta. Mañana, otra vez. O no. Da igual. Lo importante es que hoy he escrito. Y que, al escribir, he habitado la soledad. Sin resolverla, sin olvidarla, sin vencerla. Solo habitándola.
Solab (J&J), vecinos

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Comenta con buen gusto y buen humor