No es un curso. No hay manual ni ejercicios ni correcciones. Es otra cosa. Un gesto. Una rutina. Una imagen, unas palabras, cien, doscientas, trescientas, las que sean. No importa el número, importa el acto.
Me siento frente a la pantalla. La botella de agua, en la mesa. La luz, cambiando de ángulo. La grieta, esperando. No sé qué voy a escribir, si servirá, si alguien lo leerá… Escribo. Porque la rutina es la única certeza. Porque el microrrelato es la única tregua.