domingo, 26 de abril de 2026

Martillo de patrones

No tiene cabeza de metal. No tiene mango de madera. Es más pequeño. Más doméstico. Podría confundirse con un objeto cualquiera: un posavasos, un imán de nevera, la goma de borrar que lleva meses en la mesilla.

domingo, 19 de abril de 2026

Habitar la soledad

La soledad no es un estado. Es un lugar.

Aprendo tarde que la grieta deja de ser un defecto en el yeso para convertirse en puerta. No hay llave. No hay timbre. Solo una hendidura por donde cabe la luz justa, la que no deslumbra.

Desde entonces, habitar la soledad es esto: sentarme frente a la pared y esperar. No esperar algo. Esperar como espera el vaso en su círculo. Como espera el cajón cuando no cruje.

domingo, 12 de abril de 2026

Rutina esencial

Me levanto. No necesito despertador. El cuerpo sabe cuándo tiene que levantarse. Primero, los pies en el suelo frío. Ese contacto es el primer acuerdo del día: sigo aquí. Luego, el desayuno. El ritual. El zumo, la leche, los cereales. No es solo un desayuno. Es un pacto con la mañana.

domingo, 5 de abril de 2026

Habitar el miedo

La primera noche, el miedo es una habitación vacía. Paredes blancas, sin muebles, sin ventanas. Entro y me siento en el suelo. No hay otra cosa que hacer.

La segunda noche, traigo una manta. El frío del miedo es traicionero: no se nota hasta que llevas horas dentro.

jueves, 2 de abril de 2026

Plantar patrones

No siembra semillas. Nadie las ve. Lo que hace es otra cosa: echa documentos en la tierra digital, conversaciones en los surcos de los chats, preguntas en los bancales de los blogs. Luego espera. No es un jardinero corriente.

domingo, 29 de marzo de 2026

Los espejos

Los espejos del callejón del Gato esperan en la penumbra de Madrid. Cóncavos, convexos. Deforman lo que miran para que la verdad se vea mejor. Un héroe se convierte en fantoche. Una tragedia, en sainete. Valle-Inclán los usó para decir: así somos, miren qué ridículos, qué pequeños, qué carne de esperpento.

lunes, 23 de marzo de 2026

La guerra de la soledad

No hay trincheras. No hay bombas. No hay bandos claros. Pero hay una guerra. Se libra en las cocinas vacías, en los pasillos que nadie recorre, en las mesillas donde un vaso de agua espera desde hace horas. La conozco bien. La he librado desde antes de que tuviera nombre. Cuando soy joven y la soledad se llama tiempo para pensar. Cuando soy adulto y se llama descanso. Cuando llega la jubilación y deja de llamarse de otra manera.