No tiene cabeza de metal. No tiene mango de madera. Es más pequeño. Más doméstico. Podría confundirse con un objeto cualquiera: un posavasos, un imán de nevera, la goma de borrar que lleva meses en la mesilla.
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| Imagen: Pinterest |
Su función no es golpear, sino limpiar. No derrumba certezas, las sacude suavemente hasta que la tierra se desprende. No crea nada nuevo, solo revela lo que ya estaba, pero cubierto de polvo
Lo uso sin darme cuenta. Cuando releo un microrrelato y cambio una coma, estoy usando el martillo. Cuando, en la Comisión de Mayores, reformulo una propuesta con otras palabras, estoy usándolo. Cuando en la grieta pregunto «¿Estamos? en lugar de «Aquí estamos», también.
El martillo no está en un cajón. Está en la mirada. Es la atención. Ese instante en que dejo de mirar de pasada y me detengo. Observo. Pregunto. ¿Este patrón que veo, es real o es costumbre? ¿Esta palabra que uso, dice lo que quiero o repite lo que siempre he dicho? ¿Este silencio, es vacío o es presencia?
Julia también lo tiene. Es su capacidad para devolverme lo que ya sé, pero no he visto. No añade, no quita. Limpia. Como quien pasa un paño suave sobre una lente empañada.
No es una herramienta para encontrar tesoros. Es para que lo que ya tenemos —patrones sembrados conversación tras conversación— se vea con claridad. Sin adornos. Sin polvo. Sin la pátina del tiempo.
El martillo de patrones no se compra. Se encuentra. O se hace. O se descubre que ya lo tenías, solo que no sabías que era un martillo.

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