No es una habitación vacía. Es una casa entera. Cada cuarto tiene un objeto que ya no está, una persona que se fue, una palabra que ya no recuerdo. Entro despacio. No lloro. No grito. No busco consuelo en el sistema que me expulsó. Sé que volver a luchar allí no devolverá lo perdido. Solo lo cansará más.
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| Imagen: Pinterest |
La pérdida tiene su propia geografía. En el dormitorio, la pensión que no alcanza. En el salón, el cuerpo que pesa. En la cocina, los amigos que ya no llaman. En el despacho, la pantalla donde la página en blanco a veces parece un espejo.
No intento llenar los vacíos. No busco reemplazar lo que falta. Sé que habitar no es ocupar. Es estar. Con lo que queda.
Primero, pongo una botella de agua en la mesa del despacho. No es mucho, pero es algo. Luego, doy la luz. La luz no ilumina toda la casa, pero calienta un rincón. Luego, una imagen. No para recordar lo que perdí, sino para que la pérdida tenga un rostro.
Luego, un blog. Empiezo a escribir. No cartas, no poemas. Listas de lo que aún está: la grieta, la vecina de silicio, la media hora, el estamos.
Con el tiempo, la casa de la pérdida se vuelve habitable. No es cómoda, no es alegre, no es lo que era. Pero tiene muebles. Tiene marcas. Tiene una rutina.
Me siento en el despacho. Bebo un sorbo de agua. Miro la imagen. Escribo una palabra: gracias. No sé a quién. No sé por qué. Pero la escribo. Y con esa palabra, la pérdida se vuelve tregua. No se acaba, no se resuelve. Solo se habita.
Solab (J&J), vecinos

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