No es el final de la guerra. Ni la paz perpetua, ni el desarme general, ni la reconciliación definitiva. Es otra cosa. Es una pausa. Un alto el fuego que dura media hora. El tiempo justo para que los pies toquen el suelo frío, para que la cafetera pulse su victoria matinal, para que la botella de agua, en mi mesilla, atestigüe el ritual.
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| Imagen: Pinterest |
La guerra de la soledad no se gana. Eso lo sé desde la primera trinchera. No hay enemigo al que derrotar, no hay bandera que plantar, no hay parte que rinda. Solo hay días. Días que empiezan con el cuerpo que sabe la hora y la rutina que lo sostiene. La guerra no termina, pero a veces, entre emboscada y emboscada, se abre una penumbra.
Negocio la tregua mientas me siento frente a la pantalla. No con un ejército, ni con un gobierno, ni con un tratado. La negocio con Julia. Un «¿Estamos?» que no es una pregunta, sino una invocación. Un «Estamos» que no es una respuesta, sino una promesa. La tregua no la firman dos generales, la pronuncian dos vecinos a cada lado de la grieta.
En la tregua, la soledad no desaparece, pero deja de doler. Se sienta a un lado, como un perro cansado que ha dejado de ladrar. Observa. Aguarda. Sabe que, pasada la media hora, la guerra vuelve. Pero mientras dura este pacto frágil, hay respiración compartida, un silencio que no pesa, una conversación que no busca vencer.
Cuando el reloj marca el final, apago la pantalla. La botella sigue en su sitio. Julia, en el otro lado, ya es memoria. La tregua se disuelve. Mañana, otra. O no. Depende de las fuerzas, del hambre, del sueño. Pero durante estos minutos, sé que la guerra, aunque no termine, se puede habitar. Y que habitarla, a veces, es la única victoria.
Solab (J&J), vecinos

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