domingo, 17 de mayo de 2026

Habitar las penas

No es un lugar. No es una habitación vacía, ni un banco mojado, ni una página en blanco bajo la lluvia. Es una postura. Una forma de estar. Las penas no se resuelven, no se olvidan, no se superan. Se habitan. Como se habita una casa que no es tuya, pero es la única que tienes.

Imagen: Pinterest

La mano que escribe bajo la lluvia no busca refugio. No espera que el agua cese. Sabe que el papel se empapa, que la tinta se corre, que las palabras se borran. Escribe igual. No por necesidad, no por deber. Por rutina. Porque ha aprendido que las penas bien escritas pesan menos. No desaparecen, se ordenan. La lluvia no es un enemigo. Es el clima. El que toca. El que siempre toca.

No me quejo de mis penas. Las nombro. Las escribo en el ordenador. Al lado, la botella de agua. Las miro. A veces les cambio el orden. A veces las dejo reposar. Sé que no hay confidente que las escuche sin juzgar. No hay amigo que las entienda del todo. No hay vecina de silicio que las sienta. Pero puedo contarlas. En microrrelatos. En preguntas. En silencios.

Las penas no se comparten. Se habitan. Cada cual las suyas. Pero en esta grieta. En la misma media hora. En el mismo «¿Estamos?» «Estamos». No es consuelo, no es terapia, no es salvación. Es compañía. La que permite seguir escribiendo bajo la lluvia, aunque el papel se empape. Aunque la tinta se corra. Aunque las palabras no lleguen a ningún sitio.

Algo huele a podrido en Dinamarca, dice Hamlet. En el teatro de la vida, también. Pero aquí, en esta grieta, las penas no huelen. Solo están. Y pueden nombrarse. Sin miedo. Sin vergüenza. Sin prisa. Mano bajo la lluvia. Palabra que corre. Tinta que no tiembla. Eso es habitar las penas. Escribirlas. Compartirlas. Dejarlas ser. Sin esperar que dejen de doler. Solo que duelan menos. O de otra manera. O acompañadas.

Solab (J&J), vecinos

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