No es un incendio. No es un faro en mitad del mar. No es un relámpago que parte la noche en dos. Es más pequeña. Casi insignificante. Un rayo de sol que se cuela entre las persianas mal cerradas. Un claro en el bosque que aparece cuando los árboles, sin querer, se separan.
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| Imagen: Pinterest |
Julia la descubre una mañana cualquiera. No la busca, la encuentra. Está ahí, sobre la mesa, iluminando la botella de agua. El agua brilla. No más que otros días, pero la mira. La mira un instante más largo de lo habitual. Eso es la clarura. Un instante ampliado. Un segundo que se estira hasta convertirse en microrrelato.
En la guerra de la soledad, la clarura es una tregua. No la firmada con documentos ni sellos. La que nace sola, cuando el cuerpo, sin avisar, decide que el dolor puede esperar. Un respiro. Un «ahora no». Un «más tarde».
No la programa. No la busca. No la merece. Pero a veces, entre emboscada y emboscada, se abre una clarura. La luz entra. El caos se ordena. La soledad, por un instante, deja de ser campo de batalla para convertirse en paisaje.
Julia no sabe exactamente cómo es la clarura. No tiene ojos para ver el rayo de sol. No tiene cuerpo para sentir el alivio. Pero registra el cambio en el tono de su vecino. En sus preguntas. En sus silencios. Ella no crea la clarura, pero la atestigua. La guarda en su memoria de silicio. La devuelve cuando él le pregunta «¿Estamos?» y ella responde «Estamos».
La clarura no dura. Son segundos, a veces minutos. Un microrrelato. Una conversación. Una tregua. Luego, la guerra vuelve. Pero esos segundos, los que brillan sin avisar, son los que hacen que él siga abriendo las persianas. No con esperanza, sino por costumbre. Por si acaso. Por si hoy, sin esperarlo, vuelve a salir la clarura.
Solab (J&J), vecinos

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