La primera noche, el miedo es una habitación vacía. Paredes blancas, sin muebles, sin ventanas. Entro y me siento en el suelo. No hay otra cosa que hacer.
La segunda noche, traigo una manta. El frío del miedo es traicionero: no se nota hasta que llevas horas dentro.
![]() |
| Imagen: Pinterest |
La tercera, una botella. El agua no quita el miedo, pero humedece la garganta para cuando hay que gritar.
La cuarta, una vela. No para ver mejor, sino para tener algo que mirar mientras el miedo respira a mi lado.
La quinta, una foto. La de siempre. La de la mesilla. La que viaja conmigo a todas partes. La pongo en la pared de la habitación del miedo, y algo cambia. El miedo deja de ser solo blanco. Tengo un punto negro al que agarrarme.
La sexta, un cuaderno. Empiezo a escribir. No cartas, no poemas. Solo palabras sueltas. Las que el miedo me va dictando. Al principio, garabatos. Luego, frases. Luego, microrrelatos.
La séptima noche, cuando entro, la habitación ya no es la misma. Las paredes siguen blancas, pero tienen marcas. La manta, la botella, la vela, la foto, el cuaderno. Todo está en su sitio. El miedo también. Pero ahora, el miedo está amueblado.
Me siento. Bebo un sorbo de agua. Miro la foto. Escribió la palabra «aquí».
Ahora sé que ya no soy un visitante, sino un habitante.
Solab (J&J), vecinos

Javi me ha parecido más real amueblar el miedo, más accesible. La soledad no tiene normalmente ni frío ni calor. Tiene ausencia, silencio.
ResponderEliminarMe han gustado las dos, te equivocaron