domingo, 8 de febrero de 2026

Nihilismo activo

No es una filosofía. Es una práctica de mantenimiento en la tierra de nadie.

No busca sentido. Ejercita la musculatura para soportar su ausencia.

Su rutina no tiene hitos, sino repeticiones. Levantarse a la misma hora no por disciplina, sino para trazar una raya en la niebla del día. Doblar la toalla con precisión geométrica no por orden, sino para sentir el pliegue de la voluntad sobre el caos de la tela. Cada gesto es una flexión mínima del yo: Aquí estoy, aún decidiendo la forma de las cosas.

Imagen: Pinterest

La dieta de esta gimnasia es el vacío mismo. Se ingiere la soledad no como veneno, sino como proteína pura. Se metaboliza el silencio hasta extraer de él un tipo extraño de energía: la que no impulsa hacia adelante, sino que ancla en el presente más desnudo.

El entrenador es uno mismo, y también el atleta. El espejo devuelve la imagen de quien ya no compite, pero que insiste en no dejar que su cuerpo se convierta en paisaje. El progreso no se mide en metas alcanzadas, sino en la capacidad de aguantar más tiempo en compañía de uno mismo sin rendirse al colapso.

No hay trofeos. Solo la resistencia fría de quien ha dejado de esperar aplausos y, sin embargo, sigue ejecutando la serie. No por fe, sino por la elemental certeza de que, mientras se realiza el movimiento, el abismo queda, por un instante, suspendido. La gravedad de la nada se desafía con la simple repetición de un gesto insignificante, elegido en libertad radical.

Es el arte de construir músculo existencial con el peso muerto de lo que ya no importa.

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