domingo, 18 de enero de 2026

Colapso cotidiano

No es un derrumbe. Es una evaporación. Se despierta y el día ya está vacío, como un recipiente limpio y seco. No hay prisa, no hay plazos, no hay expectativas ajenas que llenen las horas. El silencio no es ausencia de ruido; es la presencia de un zumbido plano, de baja frecuencia, que lo impregna todo.

Imagen: Pinterest

Las rutinas pierden su esqueleto. El café se toma sin sabor, porque no hay nadie con quien comentarlo. La ventana es solo un marco que contiene un mundo que sigue girando, pero del que ya no se reciben noticias. Los objetos —mando a distancia, tetera, jersey…— se vuelven herramientas inertes. No conversan. No recuerdan. Solo ocupan espacio.

El tiempo no pasa; se estanca. Las horas son intercambiables. La mañana se confunde con la tarde, el lunes con el sábado. Los pequeños rituales —ponerse los zapatos, preparar la comida…— son gestos fantasmas, ejecutados por inercia, desconectados de un propósito mayor. No hay testigos que les otorguen realidad.

El cuerpo responde a esta economía de lo insignificante. El hambre es una molestia abstracta, no un deseo. El sueño, una pausa arbitraria. El umbral para realizar tareas mínimas —lavar un plato, doblar una toalla…— se eleva hasta volverse una pendiente infranqueable. No es pereza. Es la física interna colapsando: para qué mover un objeto en un espacio que nadie habitará.

El colapso cotidiano no tiene dramaturgia. No hay gritos ni lágrimas. Hay, en su lugar, una fatiga perfectamente distribuida. Un peso ligero que llena cada rincón. La persona no se hunde; se desdibuja. Se convierte en un efecto secundario de su propia habitación, en el susurro residual de una conversación que terminó hace mucho, y de la que ya no recuerda ni las palabras ni el rostro del otro.

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