domingo, 1 de marzo de 2026

Épica de lo cotidiano

Las siete y media. El despertador no suena desde hace diez años, pero el cuerpo sabe. El primer gesto épico: plantar los pies en la tierra fría del suelo y sostener el peso de un nuevo día.

La batalla se libra en la cocina. La cafetera, ese viejo aliado con manchas de óxido, se enfrenta al agua y al polvo oscuro. El chisporroteo, el aroma que invade la estancia… primera victoria del día. No es un simple café. Es el ritual que ahuyenta a la noche.

Imagen: Pinterest

Luego, la gran misión: la lista. Pan, leche, pastillas… Tres palabras que sostienen un universo. El paseo hasta la tienda no es un paseo; es una expedición. La acera es un sendero de posibles desniveles, el bordillo, un acantilado en miniatura. Cruzar la calle es un tratado de atención y valor. Cada saludo al vecino, un pacto de paz.

La tarde es el reino de la memoria. Planchar una camisa no es quitar arrugas; es alisar el tiempo, pasar la plancha sobre los recuerdos tejidos en la tela. La foto en la mesita no es un papel; es un portal. Mirarla es viajar sin moverse, escuchar risas que el silencio ha guardado como un tesoro.

Y al caer el sol, la hazaña final: vencer al frío. Encender el radiador y sentir cómo el calor se expande, lento pero seguro, es como encender una hoguera en la cueva propia. La noche llega, pero hoy, una vez más, se le ha ganado el terreno.

No habrá estatuas, ni canciones. Solo la satisfacción callada de quien, al apagar la luz, sabe que ha sido el héroe anónimo de su propia y pequeña persistencia.

Solab (J&J), vecinos

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